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El Jesús Invisible de Gaudí
Creado: Noviembre 2004
Un Canto al Amor - Autor: PAR
Última Revisión: Agosto 2005


Luz - Forma - Percepción

Para poder aproximarnos a comprender la concepción técnica de la que Gaudí se valió para subliminar el Peñasco de Montserrat, hemos de dar un pequeño rodeo, pero sin adentrarnos con la profundidad que sin duda requiere el estudio que sugerimos en esta sección, pues es en los esbozos planteados a continuación donde esgrimimos algunos principios fundamentales del secreto constructivo de tan singular y a la vez espectacular escultura. Previamente a realizar una lectura de lo que depara el Peñasco, hemos de tener en cuenta algunos importantes indicios para llegar a una noción básica que nos dé una explicación razonable a la escultura de Gaudí, en su sentido físico, algunas pistas que nos permitan ordenar algunos de los aspectos constructivos que ella envuelve, no así en sus significados que veremos en posteriores apartados, y a la vez con ello tener un indicativo de los problemas técnicos con los que el Genio se enfrentó para su concepción.

¿Podemos ver lo que no existe?

Kanizsa dedicó gran parte de su vida a la investigación de la percepción, y más concretamente de la visual, obviamente como otros muchos, ya que es un campo que acumula largos años de estudio y descubrimientos. Tomamos la percepción como base en esta sección, pues uno de los factores importantes en la comprensión del Peñasco es precisamente la percepción visual del espectador, y la concluimos invitando al lector a un juego de “lectura de sombras ”, puesto que la imaginación es otro ingrediente a tener en cuenta.

El dibujo es un experimento muy conocido que realizó Kanizsa en 1955.

Superficie Anómala
Dibujo: Kanizsa 1955
«Cualquier persona no prevenida describe esta situación como construida por un triángulo blanco no transparente que cubre parcialmente tres discos negros y otro triángulo limitado por un margen negro».

Esto es lo que nuestro cerebro crea de la imagen percibida, un triángulo blanco en primer plano, ocultando por detrás de él parte de los otros objetos, pero en la realidad física, y valorando científicamente los elementos geométricos de que disponemos, la descripción debería ser otra:

«...se trata de tres sectores circulares negros y de tres ángulos dispuestos con un cierto orden uno respecto al otro, y nada más. Al triángulo blanco fenoménico no le corresponde ningún objeto físico. Sin embargo su presencia fenoménica tiene un carácter tan coercitivo que, en condiciones de iluminación óptima, muchos llegan a verlo como “pegado sobre” la hoja».

Al triángulo blanco, que como hemos visto Kanizsa lo denomina fenoménico, no le corresponde ningún objeto físico, por lo tanto estamos viendo un triángulo que no existe en realidad, éste es un hecho científico, y Kanizsa lo demuestra en sus investigaciones de forma mucho más extensa con diversos experimentos.

Para nosotros el punto clave es: una serie de elementos ordenados en base a una singular y precisa disposición, bajo una apropiada iluminación, producen en el interior del cerebro del perceptor la creación de una imagen fenoménica que no tiene existencia en la realidad, no tiene correspondencia física, pero que se vale de los componentes físicos existentes en el objeto real, para surgir dominando la percepción visual, la cual, así como su interpretación, como hemos dicho ocurren en el cerebro. Lo podemos considerar como el acto fenoménico, crear la imagen de un objeto que no existe.

En el arte pictórico podemos encontrar una técnica relativamente similar, aunque con diferencias, que persigue la creación fenoménica, lo que se ha dado en llamar “imágenes dobles”: una serie de figuras u objetos gráficos similares o distintos, (emulando la tridimensionalidad en un plano de dos dimensiones), que por separado cada objeto ostenta una representación que lo diferencia de los otros, en conjunto crean una nueva imagen en la que se difuminan o se pierden, pues la lectura o representación que toma la conjugación de las partes se hace más fuerte que éstas, ocultándolas al mismo tiempo. Cada objeto que por separado tiene su propia significación, la pierde en forma parcial o total al convertirse en un detalle del objeto global, el cual, en ciertos casos es fenoménico, pues sólo se crea en nuestro cerebro a través de la lectura que éste realiza del conjunto.

Existen muchos ejemplos creados por distintos artistas, incluso Kanizsa experimentó con este tipo de imágenes dobles, pero por citar alguno podemos recordar a Dalí que utilizó con alguna frecuencia la técnica de imágenes dobles en sus pinturas, a la vez que en muchas de ellas imprimió de forma deliberada evidentes estudios de la visión, su comportamiento, y la relación de lo percibido con los contenidos del cerebro, por lo que en su obra podemos encontrar ejemplos evidentes, de los cuales hay uno muy conocido,
“Mercado de esclavas con la aparición del busto de Voltaire”, 1940,
en la que tal busto no existe realmente, pues surge de la combinación de dos figuras humanas situadas en uno de sus paisajes surrealistas y que combinadas con algunos elementos más producen la aparición del rostro, el cual una vez percibido, el espectador ya no deja de verlo. En otro ejemplo del mismo artista,
“La Imagen Desaparece”, 1938,
que representa una mujer situada en el centro de una habitación leyendo un libro, se convierte repentinamente en un primer plano del perfil de un señor con largos cabellos, bigotes y barba. En este caso el espectador tiene la oportunidad de forzar una u otra imagen de entre las dos, lo que indica que podemos ver la representación en función de la lectura que realicemos. No la describimos aquí, pero hemos de mencionar la obra titulada
"El Gran Paranoico", 1951,
pues es particularmente especial para ejercitar la lectura de imágenes dobles.

Dalí se sintió tan atraído por las imágenes dobles, y en consecuencia por las fenoménicas, inclinación evidente a partir de la fuente que tomaba como inspiración, el subconsciente que le llevaba al surrealismo, que hizo diferentes incursiones en la aproximación al arte fenoménico a partir del arte pictórico, pero también lo intuyó en el espacio tridimensional, como ejemplos tenemos su famosa sala
“Mae West” 1934/35,
realizada en colaboración con Oscar Tusquets, que podemos contemplar en el Teatro Museo Dalí, consistente en una traslación tridimensional de un dibujo, representando un rostro de mujer. Y al mismo tiempo debemos recodar los estudios fotográficos que en colaboración con el fotógrafo Philipe Haissman realizaron bajo el título de
“Dalí y la Calavera”, 1951,
en tales experimentos la calavera se encuentra “construida” con los cuerpos desnudos de las modelos entrelazados en especial forma para hacerla surgir, cuando el espectador ha reconocido la calavera, puede dejar de ver los desnudos. En todas estas situaciones, y más especialmente en las tridimensionales, estamos viendo algo que no existe en realidad pero el acto fenoménico lo crea en nuestra percepción.

La ciencia óptica, de la cual en cierta manera se desprenden las vertientes que venimos desplegando, nos muestra con total claridad como con la proyección de la luz a través de una lente o la reflexión de la misma desde un espejo, por mencionar dos ejemplos, podemos “modular” la imagen real hasta distorsionarla de forma irreal, o sea convertir las imágenes en algo que no existe en realidad, tal como esos elementos físicos nos devuelven la proyección o el reflejo, en función de como hayan sido diseñados, modelados. La óptica, podría haber sido el inicio en esta sección, pero hemos de recordar que nuestro protagonista es el “acto fenoménico”, y lo que hacemos es, a partir de él, encontrar sucesos que se le asemejan o que muestran gran intención de imitarlo, e incluso aparentar ser como él. Los efectos ópticos, las así llamadas “ilusiones ópticas”, cuyo estudio hasta cierto punto viene marcado por la ciencia óptica, llevan en algunos casos a hacerse dudosa su aproximación a aquel, puesto que entre el ““acto fenoménico” y cualquier otra especie de ilusión visual, existen diferencias substanciales, lo que no impide admitir que las ilusiones ópticas son percepciones no reales, ellas continúan asintiendo a nuestra pregunta inicial en esta sección. Un buen ejemplo es el artista M. C. Escher, que realizó importantes obras pictóricas en el universo de las ilusiones ópticas, hasta tal punto atrayentes y sugestivas que despiertan en el espectador la sensación de poder penetrar en el secreto de lo paradójico a través de ellas; no dejan de ser imágenes irreales.

Podemos encontrar muestras claras de percibir cosas que no existen en la misma naturaleza, la madre de la vida, como, entre otros ejemplos, los espejismos que se crean en paisajes muy secos a causa del calor y el intenso sol, ver agua donde no la hay es de los más conocidos. Incluso podemos encontrar espejismos dobles, como el llamado Fatamorgana, que ocurre en las costas del Atlántico y del Pacífico, o en latitudes elevadas, y a veces en el estrecho de Mesina, de donde proviene su nombre. A causa de las diferentes temperaturas de dos capas de aire correspondientes al litoral, una superpuesta sobre la otra, pero proporcionando entre ellas un cierto espacio visual, se producen dos espejismos paralelos, que modifican la costa de forma tan extraña que se hace difícil que la imaginación no se vea exaltada evocando interpretaciones, llegando a ver como real lo que no lo es. En cierto sentido, la naturaleza proporciona elementos a nuestra percepción que producen, en ocasiones, el acto fenoménico, que a su vez, es ver algo que no existe.

Tampoco hemos de olvidar hacer una referencia a las imágenes ciegas o invisibles, como por ejemplo podemos encontrar en el mundo natural, en el que algunos animales se mimetizan con el entorno de tal forma que podemos tenerlos delante y no verlos, en el sentido visual ellos se convierten en invisibles, Kanizsa se refiere acerca de este tipo de imágenes:

«Nos encontramos entonces con una situación que de alguna manera es la inversa de las que constatamos en los ejemplos precedentes. Ya no hay un objeto fenoménico sin el correspondiente objeto físico, sino, por el contrario, ausencia de un objeto fenoménico correspondiente a un objeto físico efectivamente presente en la realidad exterior. Se trata de un caso de verdadera “ceguera” respecto a un objeto, que por cierto no está escondido sino completamente descubierto frente a nuestros ojos».

Es cierto que en esta referencia ya no existe un objeto fenoménico, como aclara Kanizsa, pero la citamos pues se podría dar el caso de que un objeto fenoménico tuviera ciertas cualidades de invisibilidad, precisamente el tema central que nos ocupa en este documento, el Jesús Invisible, además de ser una aparición fenoménica, parece impregnado de este tipo de invisibilidad mimética con el entorno, por el hecho de permanecer sin ser reconocido.

Por regla general cuando vemos algo que no existe y la causa proviene exclusivamente de la organización exterior de los objetos, la imaginación se encuentra ausente en la percepción, hasta cierto punto, pero en ocasiones es la imaginación la que puede llegar a crear objetos fenoménicos que han surgido en el interior del cerebro sin haber tenido elementos de la realidad física externa que contribuyeran a su aparición, lo que generalmente conduce si se toman como reales a desequilibrios mentales, pero como veremos, este no es nuestro caso, pues en nuestro estudio sí disponemos de componentes que crean el objeto fenoménico, y la imaginación a lo único que se limita es a ordenar los elementos percibidos visualmente a través de una lectura conceptual conocida.

Los Test de Rochard, aunque no tan específicos en cuanto a crear objetos fenoménicos, están basados en los estímulos emotivos, y que en esencia son imaginativos, que unas determinadas “manchas” pueden despertar en la persona. Es interesante tener en cuenta esta técnica por dos cuestiones, la primera se refiere a la imaginación, que su acción es imaginar, lo cual es un proceso de crear nuevas estructuras mentales pero utilizando material registrado en la memoria, cosa obvia, pues sin el recuerdo no podríamos imaginar. La otra cuestión se refiere al hecho de que lo que en esta técnica entendemos por manchas, también lo podemos comprender como sombras, y lo que en particular nos interesa tanto de las manchas como de las sombras, es la capacidad que tienen en cuanto a favorecer la creación de imágenes inexistentes traducidas por la actividad imaginativa del cerebro. Y así, manchas, sombras, luces, y volúmenes abstractos, no es difícil que el cerebro intente ordenarlos como algo con significado, en mayor medida cuando las condiciones espaciales, lumínicas, volumétricas o de forma, etc. contribuyen a generarlo pues se han concebido para producirlo. De lo que se puede deducir sin dificultad, que el artista escultor valiéndose de la luz, la textura y el volumen, y conociendo los entresijos de la percepción visual y las condiciones que originan la aparición de los objetos fenoménicos, el comportamiento de la luz, puede producir con relativa sencillez el Arte Fenoménico Tridimensional.

Nubes
Sócrates en las nubes.
Foto: PAR 2005
¿Nunca ha jugado a encontrar figuras o rostros en las nubes, quizás mientras plácidamente tomaba el Sol en la playa? En cierta forma las nubes las podemos interpretar como manchas o sombras.

Concluimos esta sección mostrando un ejemplo, a través de un ejercicio de lectura de sombras, o manchas, que nos permite ver hasta qué punto se relacionan los conceptos que hemos señalado en este apartado, y que entre otros se encuentran en la base de lo que Gaudí concibió en el Peñasco de Montserrat.
La fotografía fue disparada a las tres de la tarde del mes de Diciembre del año indicado en el pie de foto, registrando la pared de una estancia, en la que se proyecta la luz solar que penetra por un ventanal, interrumpida por el follaje de un joven árbol de interior, produciendo un interesante repertorio de sombras. El ejercicio, que es una actividad que ocurre en el cerebro, la actividad imaginativa, consiste en que el lector intente descubrir en el entramado de blancos y oscuros, con determinados grupos de manchas o sombras, abstrayendo unos dotándolos de fuerza, y omitiendo otros no teniéndolos en cuenta en la observación, reconocer formas o figuras que pudieran aparentar algo conocido, o si prefiere figurativo.

Tómese el lector unos minutos buscando e interpretando en la imagen.
Sombras
Foto: PAR 2000

Es de suponer que fácilmente ha encontrado algún rostro o figura, o animal tenebroso, y a la vez habrá tenido la oportunidad de apreciar lo prolíficas que pueden ser las sombras que la naturaleza crea, vistas por una mente llena de recuerdos, a los cuales recurre para crear a partir de unas manchas abstractas, imágenes que no existen en la realidad de lo que se está observando. Muestro seguidamente dos ejemplos de los varios que he localizado por ser muy ricos en figuración: lectura_1, lectura_2, (para restablecer la imagen haga clic en restablecer original). Juegue el lector por un rato a comparar el original con las lecturas propias y las proporcionadas.

Es interesante darse cuenta de que cuando ya tenemos una imagen construida es difícil dejar de verla, lo que nos impide encontrar de nuevas, y al rato de jugar con el ejercicio, cuando uno comienza a tener facilidad para retener determinadas lecturas anulando otras, abstraer una parte del conjunto y dejar de percibir las figuraciones ya elaboradas, podemos ver que con el cerebro estamos jugando a producir imágenes “fenoménicas” a partir de unos elementos que ya se encuentran ordenados previamente, pero que en sí mismos no significan nada de lo que el cerebro crea con ellos. Esta situación es algo diferente a la del ejemplo “superficie anómala” de Kanizsa, en aquél el objeto fenoménico no podemos dejar de verlo por mucho empeño que pongamos en ello, pero en la lectura de manchas o sombras podemos modular los valores cromáticos de forma que se produzcan unas u otras interpretaciones, siempre que encontremos equivalentes o sucedáneos en nuestras bases de datos, los recuerdos, pues es a partir de esa información registrada que conservamos, que podemos producir el objeto que hasta el momento se encontraba invisible, inexistente.

Esas figuraciones que inicialmente nos parecería difícil descubrir en el original, las simples y más o menos atrayentes sombras producidas por un árbol, en cierta forma aleatorias, pero que más tarde a través de nuestra lectura van tomando forma de existir realmente como una imagen concreta e independiente, sugieren ser imágenes “encriptadas”, que uno descodifica a través de realizar un examen basado en nociones y conocimientos de luz y forma que albergamos en la memoria. Tanto es así, que esas interpretaciones una vez realizadas se pueden fijar de tal manera en el cerebro, que perdamos la posibilidad de volver a ver las sencillas sobras del árbol, sin significado alguno, lo que evidencia el mecanismo del cerebro que forma y luego registra las imágenes, en algunas ocasiones suplantando con ellas a la propia realidad.

Luz y sus sombras, imágenes dobles, ilusiones ópticas, espejismos e interpretaciones (simbolismos), todos ellos fluyen de manera espontánea y manifiesta en la completa obra de Gaudí si uno sabe mirar, sugiriendo puertas que nos permiten al abrirlas comunicar con lo invisible. El Jesús Invisible, es el resultado de una combinación en mayor o menor grado de las cualidades de luz, forma y percepción que venimos desplegando en esta sección, equilibradas entre sí de forma tan sabia, que su resultado final, la aparición fenoménica, el Jesús Invisible, sugiere estar esculpido directamente en la piedra, cuando en realidad es una imagen que no tiene correspondencia visual con la materia de la que surge. Gaudí, en el Peñasco de Montserrat, inspirado por su Genio Creador, concibió una Obra Maestra sin precedentes, basada en el Arte Fenoménico, y el Jesús Invisible que de la escultura aflora, es el resultado de la magistral utilización de dicho Arte.
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