Para poder aproximarnos a comprender la concepción técnica
de la que Gaudí se valió para subliminar
el Peñasco de Montserrat, hemos de dar un
pequeño rodeo, pero sin adentrarnos con la profundidad que
sin duda requiere el estudio que sugerimos en esta sección,
pues es en los esbozos planteados a continuación donde esgrimimos
algunos principios fundamentales del secreto constructivo de tan
singular y a la vez espectacular escultura. Previamente a realizar
una lectura de lo que depara el Peñasco,
hemos de tener en cuenta algunos importantes indicios para llegar
a una noción básica que nos dé una explicación
razonable a la escultura de Gaudí, en su
sentido físico, algunas pistas que nos permitan ordenar algunos
de los aspectos constructivos que ella envuelve, no así en
sus significados que veremos en posteriores apartados, y a la vez
con ello tener un indicativo de los problemas técnicos con
los que el Genio se enfrentó para su
concepción.
¿Podemos
ver lo que no existe?
Kanizsa
dedicó gran parte de su vida a la investigación de
la percepción, y más concretamente de la
visual, obviamente como otros muchos, ya que es un campo
que acumula largos años de estudio y descubrimientos. Tomamos
la percepción como base en esta sección, pues uno
de los factores importantes en la comprensión del Peñasco
es precisamente la percepción visual
del espectador, y la concluimos invitando al lector a un juego de
lectura de sombras , puesto
que la imaginación es otro ingrediente
a tener en cuenta.
El dibujo
es un experimento muy conocido que realizó Kanizsa
en 1955.
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«...se
trata de tres sectores circulares negros y de tres ángulos
dispuestos con un cierto orden uno respecto al otro, y nada más.
Al triángulo blanco fenoménico no le corresponde ningún
objeto físico. Sin embargo su presencia fenoménica
tiene un carácter tan coercitivo que, en condiciones de iluminación óptima,
muchos llegan a verlo como pegado sobre la hoja». |
 |
Al triángulo
blanco, que como hemos visto Kanizsa lo denomina
fenoménico, no le corresponde ningún
objeto físico, por lo tanto estamos viendo un triángulo
que no existe en realidad, éste es un hecho científico,
y Kanizsa lo demuestra en sus investigaciones de
forma mucho más extensa con diversos experimentos.
Para nosotros
el punto clave es: una serie de elementos ordenados en base a una singular
y precisa disposición, bajo una apropiada iluminación,
producen en el interior del cerebro del perceptor la creación
de una imagen fenoménica que no tiene existencia en la realidad,
no tiene correspondencia física,
pero que se vale de los componentes físicos existentes en el
objeto real, para surgir dominando la percepción visual,
la cual, así como su interpretación, como hemos dicho
ocurren en el cerebro. Lo podemos considerar como el acto
fenoménico, crear la imagen de un objeto que no
existe.
En el arte pictórico
podemos encontrar una técnica relativamente similar, aunque
con diferencias, que persigue la creación fenoménica,
lo que se ha dado en llamar imágenes dobles:
una serie de figuras u objetos gráficos similares o distintos,
(emulando la tridimensionalidad en un plano de dos dimensiones), que
por separado cada objeto ostenta una representación que lo
diferencia de los otros, en conjunto crean una nueva imagen en la
que se difuminan o se pierden, pues la lectura o
representación que toma la conjugación de las partes
se hace más fuerte que éstas, ocultándolas
al mismo tiempo. Cada objeto que por separado tiene su propia significación,
la pierde en forma parcial o total al convertirse en un detalle del
objeto global, el cual, en ciertos casos es fenoménico,
pues sólo se crea en nuestro cerebro a través de la
lectura que éste realiza del conjunto.
Existen muchos
ejemplos creados por distintos artistas, incluso Kanizsa
experimentó con este tipo de imágenes dobles, pero por
citar alguno podemos recordar a Dalí que utilizó
con alguna frecuencia la técnica de imágenes dobles
en sus pinturas, a la vez que en muchas de ellas imprimió de
forma deliberada evidentes estudios de la visión,
su comportamiento, y la relación de lo percibido con los contenidos
del cerebro, por lo que en su obra podemos encontrar ejemplos evidentes,
de los cuales hay uno muy conocido,
Mercado
de esclavas con la aparición del busto de Voltaire,
1940, |
en la que tal busto no existe realmente, pues surge de la combinación
de dos figuras humanas situadas en uno de sus paisajes surrealistas
y que combinadas con algunos elementos más producen la aparición
del rostro, el cual una vez percibido, el espectador ya no
deja de verlo. En otro ejemplo del mismo artista,
La
Imagen Desaparece, 1938, |
que representa una mujer situada en el centro de una habitación leyendo
un libro, se convierte repentinamente en un primer plano del perfil
de un señor con largos cabellos, bigotes y barba. En este caso
el espectador tiene la oportunidad de forzar una u otra imagen
de entre las dos, lo que indica que podemos ver la representación
en función de la lectura que realicemos.
No la describimos aquí, pero hemos de mencionar la obra titulada
"El
Gran Paranoico", 1951, |
pues es particularmente especial para ejercitar la lectura de
imágenes dobles.
Dalí
se sintió tan atraído por las imágenes
dobles, y en consecuencia por las fenoménicas,
inclinación evidente a partir de la fuente que tomaba como
inspiración, el subconsciente que le llevaba al surrealismo,
que hizo diferentes incursiones en la aproximación al arte
fenoménico a partir del arte pictórico,
pero también lo intuyó en el espacio tridimensional,
como ejemplos tenemos su famosa sala
Mae
West 1934/35, |
realizada en colaboración con Oscar Tusquets,
que podemos contemplar en el Teatro Museo Dalí, consistente
en una traslación tridimensional de un dibujo, representando
un rostro de mujer. Y al mismo tiempo debemos recodar los estudios
fotográficos que en colaboración con el fotógrafo
Philipe Haissman realizaron bajo el título
de
Dalí y
la Calavera, 1951, |
en tales experimentos la calavera se encuentra construida
con los cuerpos desnudos de las modelos entrelazados en especial forma
para hacerla surgir, cuando el espectador ha reconocido la
calavera, puede dejar de ver los desnudos.
En todas estas situaciones, y más especialmente en las tridimensionales,
estamos viendo algo que no existe en realidad pero el acto
fenoménico lo crea en nuestra percepción.
La ciencia óptica, de la cual en cierta manera se desprenden las
vertientes que venimos desplegando, nos muestra con total claridad
como con la proyección de la luz a través de una lente
o la reflexión de la misma desde un espejo, por mencionar dos
ejemplos, podemos modular la
imagen real hasta distorsionarla de forma irreal, o sea convertir
las imágenes en algo que no existe en realidad, tal como esos
elementos físicos nos devuelven la proyección o el reflejo,
en función de como hayan sido diseñados, modelados.
La óptica, podría haber sido el inicio en esta
sección, pero hemos de recordar que nuestro protagonista es
el acto fenoménico, y lo que hacemos
es, a partir de él, encontrar sucesos que se le asemejan
o que muestran gran intención de imitarlo, e incluso
aparentar ser como él. Los efectos ópticos,
las así llamadas ilusiones ópticas,
cuyo estudio hasta cierto punto viene marcado por la ciencia óptica,
llevan en algunos casos a hacerse dudosa su aproximación a
aquel, puesto que entre el “acto fenoménico
y cualquier otra especie de ilusión visual,
existen diferencias substanciales, lo que no impide admitir que las
ilusiones ópticas son percepciones no reales, ellas
continúan asintiendo a nuestra pregunta inicial en esta sección.
Un buen ejemplo es el artista M. C. Escher, que realizó
importantes obras pictóricas en el universo de las ilusiones
ópticas, hasta tal punto atrayentes y sugestivas que despiertan
en el espectador la sensación de poder penetrar en el secreto
de lo paradójico a través de ellas; no dejan de
ser imágenes irreales.
Podemos encontrar
muestras claras de percibir cosas que no existen en la misma naturaleza,
la madre de la vida, como, entre otros ejemplos, los espejismos
que se crean en paisajes muy secos a causa del calor y el intenso
sol, ver agua donde no la hay es de los más conocidos. Incluso
podemos encontrar espejismos dobles, como
el llamado Fatamorgana, que ocurre en las costas
del Atlántico y del Pacífico, o en latitudes elevadas,
y a veces en el estrecho de Mesina, de donde proviene su nombre. A
causa de las diferentes temperaturas de dos capas de aire correspondientes
al litoral, una superpuesta sobre la otra, pero proporcionando entre
ellas un cierto espacio visual, se producen dos espejismos paralelos,
que modifican la costa de forma tan extraña que se hace difícil
que la imaginación no se vea exaltada evocando interpretaciones,
llegando a ver como real lo que no lo es. En cierto sentido, la naturaleza
proporciona elementos a nuestra percepción que producen, en
ocasiones, el acto fenoménico, que a su vez,
es ver algo que no existe.
Tampoco hemos
de olvidar hacer una referencia a las imágenes
ciegas o invisibles, como por ejemplo podemos encontrar
en el mundo natural, en el que algunos animales se mimetizan con el
entorno de tal forma que podemos tenerlos delante y no verlos, en
el sentido visual ellos se convierten en invisibles, Kanizsa
se refiere acerca de este tipo de imágenes:
 |
«Nos
encontramos entonces con una situación que de
alguna manera es la inversa de las que constatamos en
los ejemplos precedentes. Ya no hay un objeto fenoménico sin
el correspondiente objeto físico, sino, por el
contrario, ausencia de un objeto fenoménico correspondiente
a un objeto físico efectivamente presente en la
realidad exterior. Se trata de un caso de verdadera ceguera respecto
a un objeto, que por cierto no está escondido
sino completamente descubierto frente a nuestros ojos». |
 |
Es cierto que
en esta referencia ya no existe un objeto fenoménico,
como aclara Kanizsa, pero la citamos pues se podría
dar el caso de que un objeto fenoménico tuviera ciertas
cualidades de invisibilidad, precisamente
el tema central que nos ocupa en este documento, el Jesús
Invisible, además de ser una aparición
fenoménica, parece impregnado de este tipo de invisibilidad
mimética con el entorno, por el hecho de permanecer
sin ser reconocido.
Por regla general
cuando vemos algo que no existe y la causa proviene exclusivamente
de la organización exterior de los objetos, la imaginación
se encuentra ausente en la percepción, hasta cierto punto,
pero en ocasiones es la imaginación
la que puede llegar a crear objetos fenoménicos que
han surgido en el interior del cerebro sin haber tenido elementos
de la realidad física externa que contribuyeran a su aparición,
lo que generalmente conduce si se toman como reales a desequilibrios
mentales, pero como veremos, este no es nuestro caso, pues en
nuestro estudio sí disponemos de componentes que crean el objeto
fenoménico, y la imaginación
a lo único que se limita es a ordenar los elementos percibidos
visualmente a través de una lectura conceptual conocida.
Los Test
de Rochard, aunque no tan específicos en cuanto a
crear objetos fenoménicos, están basados en
los estímulos emotivos, y que en
esencia son imaginativos, que unas determinadas
manchas pueden despertar en
la persona. Es interesante tener en cuenta esta técnica por
dos cuestiones, la primera se refiere a la imaginación,
que su acción es imaginar, lo cual es un proceso
de crear nuevas estructuras mentales pero utilizando material registrado
en la memoria, cosa obvia, pues sin el recuerdo no podríamos
imaginar. La otra cuestión se refiere al hecho
de que lo que en esta técnica entendemos por manchas,
también lo podemos comprender como sombras, y lo que
en particular nos interesa tanto de las manchas
como de las sombras, es la capacidad que
tienen en cuanto a favorecer la creación de imágenes
inexistentes traducidas por la actividad imaginativa
del cerebro. Y así, manchas, sombras, luces, y
volúmenes abstractos, no es difícil que
el cerebro intente ordenarlos como algo con significado,
en mayor medida cuando las condiciones espaciales, lumínicas,
volumétricas o de forma, etc. contribuyen a generarlo pues
se han concebido para producirlo. De lo que se puede deducir
sin dificultad, que el artista escultor valiéndose de la luz,
la textura y el volumen, y conociendo
los entresijos de la percepción visual y las
condiciones que originan la aparición de los objetos fenoménicos,
el comportamiento de la luz, puede producir con relativa
sencillez el Arte Fenoménico Tridimensional.
La
fotografía fue disparada a las tres de la tarde del mes
de Diciembre del año indicado en el pie de foto,
registrando la pared de una estancia, en la que se proyecta
la luz solar que penetra por un ventanal,
interrumpida por el follaje de un joven árbol
de interior, produciendo un interesante repertorio de sombras.
El ejercicio, que es una actividad que ocurre en el cerebro,
la actividad imaginativa, consiste
en que el lector intente descubrir en el entramado
de blancos y oscuros, con determinados grupos de manchas
o sombras, abstrayendo unos dotándolos
de fuerza, y omitiendo otros no teniéndolos en cuenta
en la observación, reconocer formas o figuras que pudieran
aparentar algo conocido, o si prefiere figurativo.
Tómese
el lector unos minutos buscando e interpretando en
la imagen. |
 |
Foto: PAR 2000 |
Es de suponer
que fácilmente ha encontrado algún rostro o figura,
o animal tenebroso, y a la vez habrá tenido la oportunidad
de apreciar lo prolíficas que pueden ser las sombras
que la naturaleza crea, vistas por una mente llena de recuerdos,
a los cuales recurre para crear a partir de unas manchas
abstractas, imágenes que no existen
en la realidad de lo que se está observando. Muestro seguidamente
dos ejemplos de los varios que he localizado por ser muy ricos en
figuración: lectura_1, lectura_2, (para restablecer la imagen
haga clic en restablecer
original). Juegue el lector por un rato a comparar el original
con las lecturas propias y las proporcionadas.
Es interesante
darse cuenta de que cuando ya tenemos una imagen construida es difícil
dejar de verla, lo que nos impide encontrar de nuevas, y al rato
de jugar con el ejercicio, cuando uno comienza a tener facilidad para
retener determinadas lecturas anulando otras, abstraer una parte del
conjunto y dejar de percibir las figuraciones
ya elaboradas, podemos ver que con el cerebro estamos jugando a producir
imágenes fenoménicas
a partir de unos elementos que ya se encuentran ordenados previamente,
pero que en sí mismos no significan nada de lo que el cerebro
crea con ellos. Esta situación es algo diferente a la del ejemplo
superficie anómala de Kanizsa,
en aquél el objeto fenoménico no podemos dejar
de verlo por mucho empeño que pongamos en ello, pero en la
lectura de manchas o sombras
podemos modular los valores cromáticos de forma que
se produzcan unas u otras interpretaciones, siempre que encontremos
equivalentes o sucedáneos en nuestras bases de datos, los recuerdos,
pues es a partir de esa información registrada que conservamos,
que podemos producir el objeto que hasta el momento se encontraba
invisible, inexistente.
Esas figuraciones
que inicialmente nos parecería difícil descubrir en
el original, las simples y más o menos atrayentes sombras
producidas por un árbol, en cierta forma aleatorias, pero que
más tarde a través de nuestra lectura van tomando forma
de existir realmente como una imagen concreta e independiente,
sugieren ser imágenes encriptadas,
que uno descodifica a través de realizar un examen
basado en nociones y conocimientos de luz y forma
que albergamos en la memoria. Tanto es así, que esas interpretaciones
una vez realizadas se pueden fijar de tal manera en el cerebro, que
perdamos la posibilidad de volver a ver las sencillas sobras
del árbol, sin significado alguno, lo que evidencia el mecanismo
del cerebro que forma y luego registra las imágenes, en algunas
ocasiones suplantando con ellas a la propia realidad.
Luz
y sus sombras, imágenes dobles,
ilusiones ópticas, espejismos
e interpretaciones (simbolismos),
todos ellos fluyen de manera espontánea y manifiesta en la
completa obra de Gaudí si uno sabe mirar,
sugiriendo puertas que nos permiten al abrirlas comunicar con
lo invisible. El Jesús Invisible, es
el resultado de una combinación en mayor o menor grado de las
cualidades de luz, forma y percepción
que venimos desplegando en esta sección, equilibradas entre
sí de forma tan sabia, que su resultado final, la aparición
fenoménica, el Jesús Invisible,
sugiere estar esculpido directamente en la piedra, cuando en realidad
es una imagen que no tiene correspondencia visual con la materia de
la que surge. Gaudí, en el Peñasco
de Montserrat, inspirado por su Genio Creador,
concibió una Obra Maestra sin precedentes,
basada en el Arte Fenoménico, y el
Jesús Invisible que de la escultura aflora, es el
resultado de la magistral utilización de dicho Arte. |