El Jesús Invisible de Gaudí
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Creado: Noviembre 2004
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Un Canto al Amor - Autor: PAR |
Última
Revisión: Agosto 2005 |
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La Lección
de los Estorninos |
A la edad de nueve años, conjuntamente con mi familia, padre,
madre y hermanos, nos trasladamos a vivir muy cerca del Templo
Expiatorio de la Sagrada Familia, (concretamente a seis manzanas
de distancia, y a tres del Hospital de La Santa Cruz de
San Pablo), desde entonces, corría el año
1963, esa construcción peculiar y original no ha dejado
de cautivarme, tanto por su arquitectura como por su expresión
artística. Era muy fácil para un grupo de niños
acercarnos hasta allí y jugar en sus alrededores, y aunque
en aquellas tempranas edades tal vez no prestábamos mucha atención
a la obra, seguro es que su imagen iba quedando registrada en
nuestro subconsciente.
EL ábside y el posterior de la
Fachada del Nacimiento en 1953.
© Junta Constructora
Temple Sagrada FamÌlia
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Más
adelante, ya en la adolescencia, unos cuantos amigos despertando
al mágico mundo de la fotografía, utilizábamos
el Templo, en su lenta construcción de por aquella
época, como modelo para nuestras instantáneas,
de tal forma que lo que antaño en la niñez se
había ido registrando en nuestros cerebros, a la sazón
lo registrábamos nosotros en un celuloide, que más
tarde llevábamos a revelar con toda impaciencia por averiguar
qué resultados habíamos conseguido con nuestras
fotos artísticas de aquella colosal obra, de la cual
ya sabíamos desde hacía mucho tiempo que su creador
había sido un arquitecto llamado Antoni Gaudí.
Al mismo tiempo, infundidos por aquel despliegue de belleza
arquitectónica y literaria, nos enzarzábamos
en conversación sobre arte, filosofía, ciencia...
inquietos por descubrir el sentido primero y último de
la vida.
Fueron
muchas las noches de mis quince y dieciséis años
que con Dingo, el perro de la familia, con el que particularmente
él y yo nos habíamos hecho muy amigos, nos acercábamos
paseando hasta el Templo, donde en su plaza ajardinada frente
a la Fachada de la Pasión, acostumbraban
a reunirse unas cuantas personas charlando de cualquier cosa,
o de la Sagrada Familia, mientras los correspondientes
canes jugaban alborotados entre ellos. En muchas de aquellas
veladas nocturnas yo continuaba contemplando la maravilla del
genio humano, en esta ocasión surgida a través
de la mente de Gaudí, representado en
aquella construcción que sugería no avanzar
jamás en su realización. |
Gaudí
hacía una bella alegoría entre el Templo y el roble:
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«El
Templo crece poco a poco, pero esto ha ocurrido siempre con aquello
que ha de tener una larga vida, ya que suele sufrir interrupciones.
Los robles centenarios tardan años y años hasta
hacerse grandes, y en ocasiones una helada interrumpe su crecimiento;
por el contrario, las cañas crecen rápidamente,
pero al llegar el otoño el viento las abate y ya no se
habla más de ellas». |
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Es de suponer
que el ritmo de construcción de la obra en esa época
de mi juventud no difería mucho del que Gaudí
se había visto obligado a mantener, cosa que le permitió,
y él mismo lo certificaba así, un estudio más
profundo de las diversas soluciones que debía desarrollar para
la realización, y esta cuestión es significativa en
el entendimiento de la escultura que nos ocupa. Martinell
nos describe unas declaraciones muy sugerentes:
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«Gaudí
es optimista por lo que se refiere a la obra. La actual
escasez de dinero es un motivo que le permite estudiar
más detenidamente la solución de los problemas
que se le presentan. De otro modo, debería ocuparse
del trabajo de organización, y los aspectos técnicos
del Templo no estarían tan meditados; serían
más industriales, por cuanto habría que
utilizar muchas soluciones repetidas. Además, con
la pobreza sale más elegante, pues la elegancia
nunca se presenta rica ni opulenta. En la abundancia y
en la complicación no hay elegancia ni belleza:
hay oscuridad». |
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Un
cierto día que durante la noche había tenido una de
aquellas sesiones de observación e indagación de la
obra, parece ser que mi cerebro quedó tan activamente emulsionado
por los contrastes y los relieves, que una vez en la cama dispuesto
para comenzar a dormir, no paraba de crear imágenes a partir
de los claros oscuros que había retenido del Templo.
No me sentía nervioso ni cansado, pero me encontraba en una
de esas situaciones que parece que el cerebro trabaje solo, al margen
del acto volitivo de uno, y él vaya creando imágenes
a su antojo. En mi habitación, situada en un piso entresuelo,
penetraba la luz de las farolas desde la calle, proyectando en las
paredes las sombras del follaje del árbol
que justamente tenía delante, y aquellas imágenes sin
sentido, de blancos, negros y grises, se comenzaron
a mezclar con mis imágenes mentales del Templo. La imaginación
se disparó por sí sola, y de repente comencé
a tener un vislumbre de que con las sombras se podían conseguir
mensajes encriptados, pues lo que en un
momento parecían manchas de hojas bailando apaciguadamente
movidas por la tranquila brisa nocturna, al rato sugerían imágenes
de hombres o de animales, incluso hasta llegué a ver en aquellas
sombras los campanarios de la Sagrada Familia, que
al rato los imaginé como naves estelares que surgieran al espacio
y nos llevaran a encontrar otros seres en el universo, utilizando
como mapas para las trayectorias las instrucciones que venían
codificadas en aquellos frondosos dibujos compuestos de sombras
con infinidad de contrastes. ¡Cuan fructífera la
fantasía de un adolescente! Sin extenderme más con esto
que daría para unos cuántos párrafos, diré
que aquella intensa experiencia que sin dejarme conciliar el sueño
duró hasta bien avanzada la madrugada, fue una enseñanza
de luces y sombras,
de color, de lenguajes visibles
y ocultos, de interpretaciones,
y desde luego de imaginación exaltada
por la lectura de la información recibida por los ojos, propiedades
que en la completa obra de Gaudí florecen
y brillan con total naturalidad, y que precisamente son el quid de
su obra el Jesús Invisible; las luces,
las sombras y una más, el volumen,
todo ello organizado por la percepción visual.
He de comentar que por aquel entonces aún no tenía realidad
de que tal creación existiera, el Jesús Invisible,
cuando es obvio que ya se encontraba allí latente.
Algo más
tarde por aquellas fechas adolescentes, corría la primavera
del año 1970, tuve una experiencia de lo más
singular, y he de admitir que le he dado unas cuantas vueltas antes
de decidirme a incluirla aquí, pero no me toca más remedio
que ser fidedigno, pues si la excluyera
me parece que extraería un detalle muy significativo en este
relato, mas me doy cuenta de que debo ser muy claro y cuidadoso en
su descripción pues de lo contrario se podrían producir
malos entendidos, y transfigurar el fin que pretende este documento,
que es puramente informativo y divulgativo desde una perspectiva
de aproximación científica en la medida de lo posible;
pero hago esta aclaración ya que lo descrito seguidamente es
un hecho real acontecido.
Por aquel tiempo
yo estudiaba en la Escuela de Diseño y Arte la Llotja y las clases
se realizaban por las tardes, de tal forma que las mañanas
las podía organizar a mi antojo. Un día a primeros de
Abril, a media mañana, con mi mente llena de dudas e intranquilidad
en cuanto a qué me depararía el futuro, como le ocurre
a casi cualquier adolescente al despertar en este Mundo tan egoísta
y competitivo, decidí ir andando hasta el puerto de Barcelona
para comunicarme con el mar, algo que no ha de encontrarse
extravagante si uno lo medita. El recorrido era sencillo, llegar hasta
el barrio de Gracia, cruzarlo, después bajar
todo el Paseo de Gracia hasta la Plaza Catalunya,
y desde allí atravesando todas las Ramblas,
situarme frente al mar, por debajo del monumento a Colón.
Ya
avanzado el trayecto, cuando comenzaba a descender por el Paseo
de Gracia, a la altura de la Diagonal,
descubrí en el cielo algo que me impresionó sobremanera
por su gran belleza y sentimiento de libertad. Una
gran masa negra de sorprendentes dimensiones, danzaba sobre
la distante plaza de Catalunya, abajo al final
del largo paseo con la lejana perspectiva del punto de visión
en el que yo me encontraba, cubriéndola como un extenso
manto móvil y ondulante, modificaba
su tamaño y forma, e incluso su color del plateado, en
ciertos momentos, al negro, y de éste a tonalidades grises;
con el tenue azul claro del cielo de fondo, sugiriendo la idea
de una exuberante mancha psicodélica con vida propia,
y de hecho la tenía, pues se trataba de una incontable
bandada de estorninos volando en forma muy
unida que se deleitaban cabriolando juntos e incansables en
aquel espacio, en grades olas ordenadas, y curiosamente,
aún los cambios que producían en sus vuelos, separándose
en pocos grupos que al momento se volvían a cohesionar,
no abandonaban el lugar ni se dispersaban. Danzaban y volaban
como un rito a la alegría de la vida.
Siendo la primera vez que presenciaba un acontecimiento natural
tan extraordinario como aquel, quedé extasiado, y fui
descendiendo lentamente por el paseo, atónito en la contemplación
de aquella maravilla viva y a la vez lleno de gozo
por el vivo acto creacional. |
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Estornino
(Dominio Público) |
Tras recorrer
dos manzanas en pausada y gloriosa observación, me encontré
situado a la altura de la Casa Milá, la
Pedrera, hartamente sabido que es una obra de Gaudí.
Me detuve al lado del característico banco que la edificación
tiene frente a su entrada en el lado del paseo, y situado en la calzada
apoyándome con la mano en una de las barras metálicas
que se alzan sosteniendo en lo alto la farola, seguí contemplando
por unos minutos. Maravillado por la Creación
y la Vida, por el Universo,
pero he de ser sincero, a la par pensando también en la cruel
competencia y sinsabores que producimos la sociedad, y contrastando
ese sentido de esplendor creacional de la
naturaleza con el de opresión y miedo de
los hombres. No lloré, pero la pena se introdujo en mí,
y al no poder continuar en pie, me senté en el banco, pero
por su lado de montaña, dando la espalda a las aves en su jolgorio,
y ahí quedé por un rato, observando los rostros
de los transeúntes y sus expresiones faciales
en su ir y venir matutino.
La
Casa Milá.
Foto: PAA 2005
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Obra de Pere Falqués Fanals.
Foto: PAA 2005 |
Mi mente se
encontraba vacía, pues no corría ningún pensamiento
por ella, sólo experimentaba aquella fuerte tristeza
de haber nacido en un mundo donde las cosas no eran nada fáciles
a causa de los seres humanos, y de repente ocurrió algo verdaderamente
insólito. No lo veía con
mis ojos, pero lo sentía con mi cuerpo como si éste
fuera una antena, lo experimentaba con los ojos de la mente,
con los sentidos al completo, pero sin formar imagen visual alguna,
pues la observación hacía desaparecer el pensamiento:
un anciano llegó caminando lentamente hasta el banco, desde
una distancia de algo más de un metro, y se sentó pacientemente
a mi lado, casi tocándome, pero invisible a los ojos
pues sólo detectaba su presencia. La tranquilidad y paz que
lo acompañaban era manifiesta, y desprendía un aroma
de frescura que disolvía el dolor. Me quedé perplejo,
y con toda mi atención alerta, pues quería averiguar
si era algo que yo me estaba inventando en el cerebro, o si aquello
estaba sucediendo en realidad en el ahora vivo. Permaneció
allí conmigo cerca de dos minutos, juntos, lo sentía
tan atento a mí como yo lo estaba a él. No hubieron
palabras, no hubieron indicios mentales, explicación ninguna
de lo que estaba sucediendo, sólo una gran realidad de que
en ese instante estábamos ahí compartiendo
ese vivo momento, conscientes los dos de ello. Atentos
el uno al otro sin pensamiento alguno. Así estuvimos por ese
corto tiempo tan intenso que tocamos la eterniidad por unos momentos.
Sentí como con la misma lentitud se levantaba y seguía
su parsimonioso paso en dirección por donde había llegado,
diluyéndose la percepción de su presencia en la misma
distancia por la que había surgido. Toda la experiencia sin
verla, sólo sintiéndola con igual intensidad que
si hubiera sido vista. Miré la Pedrera, y
tuve un atisbo de que aquel anciano había sido Gaudí,
extrañado conmigo mismo, pues yo no creía, ni creo,
en lo que comúnmente se entiende por espíritus. Sólo
sé que la tristeza había desaparecido. Entonces comprendí
que la gloria natural del vuelo de las aves estaba totalmente relacionada
con esa revelación corpórea, y aún cuando no
entendía qué podía significar, estaba claro que
las dos experiencias eran una sola cosa. Y quizá, tal vez,
la lección que él traía, fueron las manchas en
el cielo de las aves al volar, diciendo que la gloria
de la vida jamás el pensamiento podrá capturar.
La lógica
conceptual me dice que aquello fue una invención de mi bajo
ánimo, pero si así hubiera sido, ¡qué potencia!,
un espejismo sensitivo, ni antes ni después me ha
vuelto a ocurrir algo parecido, sin embargo, el intenso sentimiento
de realidad de que el encuentro estaba verdaderamente sucediendo,
es algo que difícilmente podré olvidar mientras viva.
Si con ello tengo en cuenta la realidad del presente trabajo, el significado
de aquella peculiar experiencia, queda por sí mismo claro:
los rostros de los transeúntes, las
manchas en el cielo, y Gaudí
acompañándome en aquel fugaz pero a su vez
penetrante momento, para que no olvidara la lección
de los estorninos; aunque estas relaciones tardara algunos
años más en percibirlas con la claridad que ahora las
escribo. Saque el lector de esto sus propias valoraciones. Personalmente
me lleva a pensar que la energía se manifiesta de múltiples
y variadas formas y los humanos no somos conocedores de todas ellas,
muchas veces las explicaciones que damos no son verdaderas. No sé
bien si tienen alguna relación, pero las palabras que recuerda
Martinell recibidas directamente del maestro, pudieran
sugerir algo:
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«...nos
explicó la belleza de las formas mecánicas,
filosofó acerca de ellas, y, vinculándolas
al Templo con los lazos de la armonía
universal, explicó la convergencia a
la unidad suprema que rige los destinos del
universo». |
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Tuvieron que
pasar algo más de un par lustros, para que en el otoño
de 1982, a través del cual me encontraba atravesando
por una escabrosa situación matrimonial que nos llevó
al divorcio, comenzaran los paseos nocturnos solitarios con el fin
de meditar y tranquilizar el ánimo, y como es natural, a uno
de los lugares que fácilmente me llevaban mis caminatas era
al Templo de la Sagrada Familia. Una de aquellas
noches, con la Luna brillando por encima de los campanarios y un cielo
totalmente despejado de nubes, descubrí en la Fachada
del Nacimiento una composición escultórica
que me sorprendió sobremanera, era tan evidente y espectacular
que no podía ser otra cosa que una subliminal creación
de Gaudí. Días después,
comentándolo con algunos amigos pude comprobar que no era algo
que viera yo exclusivamente, sino que cualquier espectador puede reconocer
sin ninguna dificultad, y siempre que he tenido oportunidad de encontrar
alguna persona interesada por el tema, no he dudado en ponerla al
corriente, y fácilmente he comprobado que no ha tenido problemas
en descubrirlo. No daré detalles aquí, pero aquella
noche supuso para mí, a causa de tal hallazgo, una insólita
experiencia psicológica y mística muy poco
habitual. Desde entonces siempre me ha perseguido el deseo de que
la existencia de tal escultura, se conociera a nivel popular, y desde
luego me produce una gran intriga, ver qué argumentos y deducciones
se podrán desprender de la gente en general, tanto entendidos
y estudiosos de Gaudí y su obra, como profanos,
acerca de esta óptima escultura de Gaudí,
el Jesús Invisible.
Preparando el
presente documento, y reflexionando acerca de los recuerdos que menciono
en esta sección, reproducir lo que decía Gaudí
en relación a los obreros, tal vez pueda significar alguna
cosa:
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«Cada
persona tiene cierta facilidad para hacer determinada cosa, y esta
habilidad es la que debe explotar el creador. Es absurdo exigir a
un obrero algo que no va con su carácter; en cambio, si se
le ordena hacer aquello para lo que tiene especial inclinación,
se pueden obtener resultados excelentes». |
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